Una hora menos en Canarias
Yo no fui un niño cinéfilo, qué quieren que les diga. No era de esos que acudían un día sí y otro también al cine del barrio. Yo era más de montarme la película en casa. Lo que sí recuerdo es que, cuando salíamos de visitar a mis abuelos y nos íbamos alejando en el coche, yo enroscaba mis dedos alrededor de mi ojo derecho formando una especie de catalejo a través del cual veía cómo mi abuela se iba haciendo pequeñita mientras nos decía adiós con la mano y los árboles del camino salían enfilados de aquel embudo y se iban perdiendo a lo lejos. Esa era mi cinefilia, ver el mundo a través de un objetivo muy particular. También me gustaba quemar mis juguetes, aunque esa es otra historia. Así que mejor damos un salto hasta el momento en que centré mi vida en esto del cine.
Andaba yo estudiando para ingeniero de telecomunicaciones. Un viernes por la tarde estaba preparándome un examen cuando, de pronto, tuve una visión... y me espantó. Cerré mis apuntes y el lunes ya no volví a la universidad. Me metí a estudiar Imagen y Sonido en la Escuela Politécnica de Las Palmas y fue ahí cuando empezó a despertar ese duende que andaba retozando por mis adentros sin que yo lo supiera. Así escribí mi primer corto, Mátame. Era un guión de iniciación, pensado para realizarlo con mi cámara pequeña de vídeo y mis amigos Lily y Leonardo en casa. Pues, les sigo contando, resulta que estos amigos actores me presentaron un buen día a David, operador de cámara. Éste me hizo una propuesta y me convenció para rodarla en cine. Así que yo, en un alarde de osadía, pedí prestada la cámara de 16mm a la Escuela y me lancé a la aventura. Claro, ya metidos en materia, rodar en cine suponía tener que contratar el sonido, equipos de iluminación, decorados y, sobre todo, gastar un dinero que no tenía. Total, que tiré de mis ahorrillos, de la familia y de los amigos y, casi sin darme cuenta, me vi con un equipo de treinta personas metido en casa de mi amigo Julio, totalmente vuelta del revés, y rodando. A propósito de Julio, qué gran momento aquél cuando estábamos en el salón de su casa hablando del guión, de pronto se me ocurrió una «fantástica» idea y le dije «¿Te imaginas que la Lily llevara un vestido de la misma tela que el tapizado de esos sofás y que cuando se sentara en ellos fuera como si se mimetizara?». Me miró fijamente, frunció el ceño y me dijo «¡Me encanta!». A continuación se levantó, agarró unas tijeras y arrancó el forro de uno de los sofás: al día siguiente ya teníamos vestido para la actriz. Así fue como viví una de las experiencias más alucinantes y enriquecedoras de mi vida. Me veía en medio de gente subiendo, bajando, moviendo muebles, luces, cables, cacharros que yo no sabía ni para qué servían… todos estaban plenamente volcados en materializar un capricho mío y, para colmo, gratis. A estas alturas del partido todavía me parece increíble que aquello me pudiera suceder. Ese primer trabajo me sirvió para aprender una lección esencial: la propia capacidad de autocontrol, saber hasta qué punto puedes aguantar las tensiones y tu talante para afrontar situaciones extremas de estrés….Perdí cinco kilos, pero lo superé.
Ya estaba en el camino, se me había metido el gusanillo dentro y era incapaz de concebir otra idea en mi vida que no fuera dedicarme a esto. A partir de ahí dos cortos más rodados en Gran Canaria, mi isla. Aclaro esto porque es importante resaltar el hecho de que vivía a 1.700 km de Madrid, rodeado de agua por todos lados y con unos medios muy limitados. Bien es verdad que tuve mucha suerte y pude acceder a varias subvenciones de las instituciones canarias que me ayudaron a realizar mis trabajos, pero sabía que tenía que dar el gran salto. Tras escribir mi cuarto guión corto, me vine para la capital del reino, absolutamente concienciado en meterme a compartir piso con ocho estudiantes, trabajar en McDonald’s y conseguir, como fuera, introducirme en el mundo del cine. Con mis tres cortos bajo el brazo y el guión me fui, de puerta en puerta, a visitar a las productoras. En todas me recibieron amablemente, me recogieron el material y me dijeron que ya me llamarían. Salvo en una, curiosamente. Era la única en la que podía tener algo de suerte, ya que eran conocidos de una amiga mía. Dos chicos jóvenes, de mi edad aproximadamente, que se dedicaban a producir cortos. Me presenté haciendo referencia a nuestra conocida común, y uno de ellos me dijo: «Me parece muy bien, pero no nos dejes nada, no te vamos a producir el corto. Y si quieres un consejo, vuélvete a Canarias, porque aquí pasarán como mínimo tres años antes de que puedas acceder a ser meritorio, y lo más que harás será servir cafés». Me hicieron sentir como Paco Martínez Soria con su boina y el chorizo bajo el brazo. No me molestó su prepotencia, pero me entristeció. Tal vez tenían razón, al fin y al cabo, quién coño me creía que era. Lo que no les he contado es que llegué a Madrid un miércoles, que esto me sucedió un jueves, que el viernes visité a otra productora y que el lunes me llamaron para decirme que estaban interesados en producirme el corto. Ya pueden imaginarse lo que se me pasó por la cabeza...Sí, pero, por supuesto, no lo hice.
Rodé mi cuarto corto en Madrid, después de lo cual la misma productora me propuso que escribiera un guión de largometraje para producírmelo. Mi amigo Quino sabía que yo andaba a la caza de ideas, así que un día me vino con una novela de un autor grancanario, Víctor Ramírez, cuya primera frase rezaba: «Nos dejaron el muerto un sábado al mediodía». Acababa de encontrar la fuente de inspiración para mi primer largometraje.
Me senté a escribir lo que hoy día es LA CAJA: un año de escritura hasta conseguir la primera versión. Nunca imaginé que aún me faltaría una decena de versiones más hasta por fin conseguir rodarla. Mi aventura con este guión fue exactamente eso, ni más ni menos. Mi productora inicial se dedicó a buscar financiación para la película, pero, por razones que no merece la pena mencionar, no conseguimos la cantidad suficiente para llevar a cabo el proyecto en unas condiciones de producción dignas. Hasta ese momento sólo habíamos conseguido trescientos mil euros y el plazo para justificar las subvenciones expedía en breve. Había que tomar una decisión: rodar la película con ese presupuesto (por supuesto, en vídeo y bajo mínimos) o devolver el dinero. Ese mismo día recibí una llamada de una productora muy importante interesada en el proyecto. El corazón me dio un vuelco. Al día siguiente tuve una reunión con ellos: se harían cargo de la producción, pero en exclusiva, es decir, sin contar con la que hasta entonces había sido mi productora, que, dicho sea de paso, tenía los derechos sobre mi guión. Lo cierto, y para no aburrirles con tecnicismos, es que no llegaron a ningún acuerdo y, una buena tarde, me vi sin ninguna de las dos. Recuerdo aquellos momentos como los peores y más estresantes que he vivido. Todo lo conseguido en dos años de trabajo se me escapaba entre los dedos por una pelea de intereses, y lo peor: yo no podía hacer nada por impedirlo. Otra buena amiga mía, consciente de lo que estaba sucediendo, hizo llegar el guión a una empresa productora con la que tenía contactos. Al poco me llamaron. Querían que hablásemos del proyecto, estaban también interesados. ¡Ay, las vueltas de la vida!, no saben ustedes cuánto me he alegrado de que las cosas se hubieran torcido hasta aquellos extremos, porque eso permitió que finalmente mi guión cayera en las manos de quien mejor lo podía tratar, Andrés Santana, un productor que se implicó en el proyecto con tripas y corazón. Pero quedaba un duro camino por recorrer. La productora Aiete-Ariane films, cuyos responsables son Andrés e Imanol Uribe, comenzó desde cero con el proyecto. Nunca olvidaré la primera reunión que tuve con Andrés en su oficina. Hablamos de arreglos en el guión y del casting principal. Me propuso a Ángela Molina para el papel protagonista de Eloisa. Le hicimos llegar el guión esa misma tarde y al día siguiente recibimos una llamada suya diciéndonos que estaría encantada de trabajar en la película. Semanas atrás no tenía nada, estaba sumido en la desesperación y ahora ¡podía contar con Ángela Molina! No me lo podía creer. A partir de ahí fuimos conformando el plantel de actrices y actores de la película, tanto Elvira Mínguez, como Antonia San Juan, María Galiana y Vladimir Cruz respondieron entusiasmados. Contábamos con un reparto de actores excelentes para respaldar la búsqueda de la financiación y aunque, a priori, no parecía que fuera a costar ningún trabajo poner en pie la película, nos encontramos con que muchos de los potenciales inversores no respondieron como esperábamos. Aunque el proyecto venía respaldado por Andrés Santana, un buen casting y una historia interesante, había algo que no les convencía: yo. La cosa pintaba mal. Me senté frente a Andrés y le dije: «Sé que no creen en mí. No tengo manera de demostrarte que la película saldrá bien, sólo cuento con tu confianza. No te puedo ofrecer otra cosa».
Tras dos largos años de auténtica incertidumbre, idas y venidas, reuniones, aplazamientos y demás situaciones de lo más decepcionante, finalmente vislumbramos luz al final del túnel. Conseguimos dinero para arrancar la película en las condiciones que considerábamos aceptables. Comenzamos a prepararla….ahora me tocaba a mí estar a la altura.
Desde que me dedico a esto siempre me rondó una gran preocupación: la dirección de los actores. Valoro sobremanera una buena interpretación. No me interesa demostrar ningún virtuosismo técnico. Parto de la base de que la cámara es sólo un intermediario entre el espectador y el personaje, debe utilizarse siempre con sentido dramático, narrativo y nunca con intenciones exhibicionistas y, por extensión, gratuitas. Llevaba cinco años con la película en la cabeza, conocía cada milímetro del guión y de la vida de sus personajes, tenía muy claro lo que quería. Fui muy cabezón, era primordial que me dejaran tiempo para ensayar con los actores, que ellos también entendieran sus personajes, me entendieran a mí, yo a ellos, conocernos, querernos... El trabajo actoral ha sido para mí de lo más gratificante. Sentir cómo se ponían en mis manos y sentir su confianza suponía para mí un gran reto, no les podía fallar.
Y, por fin, llegó el gran día. El 30 de enero de 2006 a las nueve de la mañana, una hora menos en Canarias, estaba dando la voz de «¡acción!». No necesitaba enroscar los dedos alrededor de mi ojo, me bastaba con mirar a través de una flamante cámara Panavision para ver a don Ignacio (Joan Dalmau) encendiendo su cigarro de liar en la sala de un hospital, al lado de una Eloisa (Ángela Molina) expectante y temerosa de que le dijeran la suerte que correría su marido. Casualmente el primer plano que rodé es el primer plano de la película. Hasta ese momento yo temía que rodar un largo fuera igual de estresante y tormentoso que mi experiencia en los cortos pero multiplicado por siete (que son las semanas que duró el rodaje). Les tengo que confesar que me aterrorizaba pensar que no sería capaz de aguantar el tirón. Sin embargo, en el primer minuto se me disiparon todos esos temores. No sólo estaba rodando, sino que además estaba disfrutando como un enano con ello. No les voy a negar que hubo momentos tensos, que fue un trabajo duro y que resultó agotador. Pero me mantuve al pie del cañón e intenté mantener y contagiar buen ánimo, hasta que, en una espectacular explanada del sur de Fuerteventura, 7 semanas después y a eso de las seis de la tarde, una hora más en la Península, grité «¡corten!». Había terminado de rodar.
Sí, los sueños se cumplen.
J. C. Falcón
(Extracto del VIII Encuentro de Nuevos Autores , 52 SEMINCI)