Partirse La Caja El debut de Juan Carlos Falcón abunda en el “negrorrealismo” | El Mundo

Mañana se estrena La caja, sobresaliente opera prima del canario Juan Carlos Falcón. El filme, protagonizado por ángela Molina, Elvira Mínguez y Antonia San Juan es una muestra del “negrorrealismo español”, según el juego de palabras del crítico Jesús Palacios. Se trata de un género genuinamente patrio que añade a su patrón cinematográfico primario, el neorrealismo italiano, dosis de esperpento y humor negro. Inspirado en Valle-Inclán, tiene en Berlanga o Rafael Azcona a algunos de sus más ilustres predecesores. 
Si alguna vez el cine español -y quizá su literatura también- se viera en la obligación de confesar, ante un imaginario tribunal cósmico, cuál es su más genuina, original y distintiva aportación al imagina- rio de la cinematografía universal, no creo que tuviera más remedio que contestar, simple y llanamente, con una sola palabra (dos, contando el artículo): el esperpento.

Para nuestro cine, puede que Valle-Inclán, pero sólo el esperpéntico, el sarcástico y sardónico, no el vate modernista con resabios parnasianos, esotéricos y decadentes, tenga tanta o más importancia de la que tuvo para el teatro. Si piensa uno un poco en el Goya de las “pinturas negras”, los descarnados cuadros de costumbres y sus Caprichos más irónicos y resabiados, el que sea su busto hierático nuestro equivalente al Oscar resulta más significativo de lo que pudiera parecernos en una primera instancia. El carácter latino en general, pero el español en particular, es dado a un sentimiento tragicómico de la vida, que sin alcanzar la grandeza de la tragedia, ni las profundidades del humor sofisticado, consigue, sin embargo, un doloroso equilibrio entre el retrato de una realidad dramática, marcada por un sentimiento de injusticia -sea la social de un momento o lugar determinados, o la propia de la triste contingencia de la vida- y las grotescas situaciones, inevitablemente divertidas, a que esta realidad da lugar en su contraste con las ambiciones, deseos y flaquezas del ser humano. Aunque la sonrisa se nos quede siempre congelada en un rictus doloroso, a medio camino entre la risa y el llanto. Risa de calavera desnuda.

En la comedia italiana neorrealista, de la que tanto bebe y ha bebido el cine español, incluyendo La caja, abunda un sentimiento similar, pero generalmente suavizado por un juguetón espíritu espumoso y saltarín como el vino Della Emilia. La comedia italiana, incluso la más agridulce, posee una chispa erótico/festiva, ejemplificada por las curvas de la Loren y la rijosa sonrisa de un De Sica, que falta en nuestra tierra seca y árida, religiosamente asexuada. Por ello, a pesar de que nos guste autodenominar a parte de nuestro cine neorrealista, somos más bien “negrorrealistas”, con peculiar inclinación a cargar las tintas negras, sea en el melodrama costumbrista, la tragedia rural, el cuadro histórico o social… O en la comedia.

El “negrorrealismo” se cuela por todas las rendijas posibles en el celuloide nacional. Está presente no sólo donde es propio encontrarlo, en la tradición esperpéntica de Berlanga y Azcona, quienes tan bien supieron hermanarse con el humor negro italiano de un Ferreri, aunque en ausencia de sus orondas matronas y obsesiones erotómanas -con la excepción del Berlanga más sonriente y vertical, capaz de afrancesamientos tan notables como Tamaño natural (1974)-, sino en filmes fantásticos y thrillers como los de álex de la Iglesia, en gamberradas escatológicas y tebeísticas como las andanzas del Torrente de Santiago Segura y hasta en los melodramas fotonoveleros travestidos de arte y ensayo de Almodóvar. Naturalmente, se hace presente también en el campo que le es más propio: el humor negro costumbrista, con ínfulas de crónica social y drama humano. Es el caso de La caja, perfecto ejemplo de las mejores virtudes -y algunos defectos- de nuestro negrorrealismo nacional.

Pompas fúnebres. La caja, inspirada en la novela Nos dejaron el muerto, del escritor canario Víctor Ramírez, juega con un elemento básico en el humor negro latino: la muerte. O, mejor dicho, el muerto. Son incontables las comedias dramáticas y los dramas cómicos, en cuyo punto intermedio se sitúa el debut en el largo de Juan Carlos Falcón, donde la figura de un muerto, con su cortejo de pompas fúnebres, hace girar a su alrededor los entresijos de la trama, enredándolos hasta tejer una grotesca telaraña, que nos hace de colchón ante la propia muerte. El cadáver, verdadero protagonista de la historia, despierta nuestra risa nerviosa, como promesa de aquello en lo que hemos de acabar a la que hacemos objeto de todo tipo de humillaciones escatológicas, exorcizando así el frío de su carne marmórea.

Don Lucio, el muerto de La caja, símbolo yerto del colonialismo franquista en un pueblo canario de los años 60, es centro de un drama rayano en la tragedia, cuya resolución cómica va siendo sutilmente introducida por el director, con una gradación agradecida, contenida y hábil, que permite a sus actrices desplegar unas interpretaciones virtuosas, que suponen quizá el encanto principal de la película. Cuando más se espesan las sombras del drama, aparece el exabrupto cómico, enfilando La caja en dirección cada vez más decidida hacia la comedia y el esperpento de feliz resolución.

Plañideras y sacerdotes. El vecino que pretende “ayudar” a la viuda, perfecto y repulsivo Manuel Manquiña; la tríada de plañideras vestidas de negro a sesenta pesetas el servicio mínimo; el sacerdote rijoso e indignado; la exuberante Concha y sus manitas bajo la mesa en pleno velatorio, -atención a la actriz canaria Petite Lorena-; son todos contrapunto lúdico y esperpéntico del no menos esperpéntico pero nada lúdico drama que representan ángela Molina, Elvira Minguez, Antonia San Juan y María Galiana, cuya feminidad ofendida, como madres, amantes, esposas y putas, no encuentra reposo tras la muerte del ofensor, y reclama un pagano ritual de venganza, obsceno y sin embargo divertido. Aunque La caja tiene a veces ciertos aires latinos, que la emparentan con el humor negro y ocasionalmente cadavérico de cubanos, mexicanos y demás hermanos hispanoamericanos -a cuyas tierras llevamos también, con el catolicismo y la viruela, nuestro particular sentido tragicómico de la vida-, aunque la eficaz banda sonora de Joan Valent evoque el espíritu a lo Nino Rota de la comedia italiana de los 60, no puede negar que su mejor virtud, y sus peores defectos – cierta parsimoniosa languidez narrativa, algún que otro desliz hacia el dramón costumbrista más banal, demasiada dependencia visual en los actores…-, es, ante todo y sobre todo, genuino cine “negrorrealista” español.

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